En Iquique, cuando uno empieza a planear un túnel bajo el casco histórico o cerca del borde costero, lo primero que salta es la naturaleza del suelo. No es la roca dura de la cordillera, sino secuencias de arenas limosas con sales, depósitos eólicos y rellenos antrópicos que varían en pocos metros. Hemos visto cómo proyectos que subestimaron la salinidad del terreno terminaron con frentes inestables y filtraciones no previstas. Por eso, antes de meter la tuneladora o definir el método de avance, combinamos el análisis geotécnico para túneles en suelo blando con ensayos de resistividad para mapear lentes salinos y un ensayo CPT cuando necesitamos perfiles continuos en la zona de la península de Cavancha, donde los sedimentos son más erráticos. La ciudad, con sus 190 mil habitantes y un clima desértico costero, obliga a entender que aquí el suelo blando no solo es deformable, sino químicamente agresivo.
En Iquique, la salinidad del suelo es un factor de diseño tan relevante como la sismicidad misma.
Consideraciones locales
Cuando operamos el tomamuestras Shelby en los sedimentos finos de Iquique, la recuperación suele ser buena, pero la integridad de la muestra se pierde rápido si no se sella contra la desecación. El riesgo más común que vemos es subestimar el fenómeno de piping en la frente del túnel. Los limos salinos, al contacto con agua de napa o filtraciones de la red pública, pierden cementación y empiezan a fluir. Un análisis geotécnico para túneles en suelo blando en esta ciudad debe incorporar modelos de infiltración y evaluar el gradiente hidráulico crítico. Además, las vibraciones por tránsito pesado en avenidas como Tadeo Haenke o Arturo Prat inducen asentamientos en túneles poco profundos, algo que medimos con celdas de presión total. La normativa chilena NCh 3171 para diseño de túneles urbanos exige verificar la estabilidad del frente con factor de seguridad sobre 1.5 para condiciones no drenadas, y acá eso implica considerar la degradación química del suelo a largo plazo por el ambiente marino.